Ahora este sueño, que estuvo cerca de convertirse en una pesadilla, se ha convertido en realidad y el denominado Archivo Miriam Cabrera está siendo objeto de una cuidadosa catalogación por parte de un equipo de arqueólogos compuesto por Verónica Alberto y Javier Blasco, a quienes también acompaña Jorge Pais, experto del Cabildo. Miriam Cabrera donó este legado al Cabildo de forma totalmente gratuita y ahora la institución insular ha financiado estos trabajos de catalogación para que se incluya en el Museo de Arqueología que se está construyendo en Los Llanos de Aridane, según informó el consejero de Cultura, Primitivo Jerónimo.
Los arqueólogos llevan tres meses trabajando sobre el material y estos días se encuentran analizándolo directamente en casa de Miriam Cabrera, en cuyo estudio, sobre una mesa alargada, tienen desplegada en estos momentos buena parte del material que se encontraba en la cueva de la Cucaracha, en Mazo.
Y fue allí donde en buena medida se inició esta colección y esta pasión. Miriam Cabrera recuerda que en 1963, su marido, Antonio Soler, que conocía a fondo la geografía e historia de Canarias y era maestro en la escuela de Lodero, explicándole a los alumnos la etapa prehistórica, uno de ellos le dijo: "Don Antonio, yo creo que sé dónde hay un lugar con restos de los guanches". "Al día siguiente -prosigue el relato de Cabrera- apareció con unos cuantos fragmentos de cerámica y unos huesos que decían que habían encontrado en un sitio que la gente de la zona conocía como el cementerio de los guanches". Dejaron pasar unos días, y se desplazaron hasta el lugar que había indicado el joven y vieron la importancia del lugar. "Había un burro amarrado encima del yacimiento y los restos se encontraban en fragmentos muy pequeños, rebujados con el jable".
Dada la importancia del hallazgo se pusieron en contacto con el médico Amílcar Morera, quien a su vez avisó al responsable de arqueología por entonces en La Palma, Ramón Rodríguez. "Entonces hicimos una pequeña expedición con Ramón, Anelio Rodríguez, Paco Toledo, Amílcar Morera, mi marido y yo", recuerda. Desde luego que los métodos arqueológico de la actualidad no tienen nada que ver con lo que se practicaba en esa época, pero según Miriam Cabrera, "se hizo lo mejor que se pudo, con mucho cuidado, haciendo un croquis y mejor incluso que la práctica de entonces".
Esta es la historia del hallazgo inicial de un yacimiento de tanta importancia como la necrópolis de La Cucaracha y los primeros pasos de esta colección y de la creación de lo que se convertiría en una especie de Ateneo o "club", como lo prefiere llamar Cabrera, en el que se convertiría El Molino para todos los amantes de la arqueología en La Palma, como Mauro Hernández o Bertila Galván. "El Molino fue el punto de encuentro de todos los arqueólogos que fueron despertando su vocación en la Isla".
No obstante, El Molino ya disponía con anterioridad de otro importante tesoro arqueológico. Se trata de la parte del material que el arqueólogo Luis Diego Cuscoy halló en la cueva de Belmaco y que no se llevó a Tenerife. Todavía se puede apreciar el cartel titulado "Cuscoy-Belmaco". En el fondo, el grupo de El Molino tenía una cierta vocación de mantener el patrimonio prehistórico en la isla de La Palma ya que la práctica era trasladarlo a la capital de la provincia.
Los trabajos en La Cucaracha prosiguieron en 1971, según recuerda Miriam Cabrera. "Entonces se hizo una segunda excavación a la izquierda de la cueva, con Bertila Galván y Arnoldo Santos (biólogo), y aparecieron unas cazuelas, huesos. Estábamos en la habitación. Todo esto también llegó a casa etiquetado".
La vocación arqueológica de Miriam y su marido, "una vez que nos había picado el bichito", como reconoce, les llevó a recorrer toda la costa de Mazo donde se encontraban abundantes restos. "En el roque de Los Guerras, había un sembrado de centeno en la parte alta, por donde pasabas y los cascos de cerámica estaban mezclados con la piedra. La gente decía que eran cascos de tea (sonríe). Entonces, una señora que se llamaba doña Angelita Bravo, que conocía la zona, la invitamos a que nos acompañara para visitar todos estos sitios. Fue una cosa tremenda todo lo que encontramos".
Una de la cuevas que hallaron fue la del Camello, de la que sólo se conoce por el material recopilado en El Molino. Hasta allí se trasladó lo que se pudo salvar cuando, "no hace tantos años, me llamaron para comunicarme que habían metido una pala mecánica para construir una platanera". Inmediatamente bajaron hasta este emplazamiento y consiguieron rescatar entre los escombros del movimiento de tierra los únicos restos que se conservan de este yacimiento que, según Miriam, era "el más grande y bonito que yo he visto".
La investigación avanzó a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta, cuando Miriam Cabrera era delegada de Cultura en la Isla, con el apoyo -recuerda- de Vicente Blanco en el Cabildo. En 1980 se creó el Museo Etnográfico y Arqueológico en la Casa Salazar de Santa Cruz de La Palma, donde se trasladó lo que estaba "más o menos entero" de Mazo, para después pasar al ex convento de San Francisco.
Verónica Alberto y Javier Blasco, que llevan catalogados ya más de 10.000 restos de la colección subrayan el valor de la misma. "Los materiales estaban con una referencia escrita a mano donde figura la procedencia y la fecha de recogida", explican, al tiempo que destacan que "gracias a esta labor se salvaron muchas cosas y si no llega a ser por esa intervención habrían yacimientos que se desconocería su existencia, como por ejemplo el de la cueva del Camello, que debió ser un yacimiento increíble por el volumen de material que se recuperó y por la calidad y el tipo del mismo".
No obstante, Alberto y Blasco destacan la importancia de La Cucaracha, "una necrópolis que presenta una característica muy peculiar al haber restos alterados por el fuego". En esta línea también se pronunció Jorge Pais, quien considera necesario realizar una nueva investigación en este yacimiento para hacer un estudio más profundo del mismo.
Los arqueólogos subrayan que hay yacimientos que fueron ocupados durante mucho tiempo porque están representadas buena parte de las diferentes fases cerámicas, lo que permite saber que desde el poblamiento de la Isla hasta prácticamente el siglo XV hay yacimientos que están ocupados durante estos 1.500 años, lo que explica también la abundancia de material y su diversificación en cuevas como el Camello o Niquiomo", ambas en Mazo.
Blasco y Alberto destacan que la isla de La Palma fue, entre los 80 y mediados de los 90, puntera en investigación arqueológica, y los datos que puedan salir de esta investigación "permitirán completar, matizar, ratificar toda la información que se ha planteado hasta ahora".
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